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29 de mayo de 2012
Las hijas de ícaro
La poderosa Estructura se desplazaba pegada al asfalto violáceo. Despeinaba la imagen de la bruma. El vapor, ocre se desparramaba, cual tormenta de arena fina, en un vaivén, sin control. Suspendida en la caliente tempestad de la seca tarde, me sacudía el pelo, revolviéndolo. Resoplando, estrepitosa flotaba, cual coloso delante de mis ojos. Gimió su sonido bucólico estallando en mis oídos. Sórdido anunciaba el crujido del oxido y de gases en suspensión. Al detenerse se abrió la puerta del caballo cuadrado, me observó detrás del espejo de sus ojos de mosca. Indiferente al silencio, al calor del asfalto, y a la media tarde del desierto. Él Sería quién me deportaría a la ciudad. Tome el sendero pequeño del pasillo de la nave y desparramé mi cuerpo sobre la amplia butaca donde compartiría unas horas de viaje con la mujer dormida de largos cabellos blancos enredados en la maraña de sus suaves facciones. Su piel húmeda al cansancio del calor agobiante, aturdido, por el frio acondicionado, de la máquina y el sembrado de latas prendidas de su pecho como abrojos, en un tente pie de sueños predictivos. Empalidecía con el pasar del minuto. Su nombre, no hacía falta, preguntarlo…Artemisa, le apodé. Mis ojos, buscaban distantes sobre el pasaje .Volví a repasar, la imagen retorcida, de la delgada mujer, que colgaba en su cuerpo postergando, el encuentro con cualquier persona. Era para mi, una de las hijas de Ícaro. Tomé mi agenda redoble mi apuesta personal y apunte la mirilla del instinto hacia donde mis ojos se prendaran, y allí recostada sobre la mullida butaca, su expresión su juventud y la tristeza, dibujaban la espera agonizante de su rostro. Ix-Chel como la Luna maya. Uno ,de todos, repentino. Su pelo, caía sobre sus hombros, en una catarata de trenzas rojizas, que envolvían, su cara angelical inexpresiva y reforzaban sus curvaturas femeninas. Llena de Agua .Entonces fue el momento que el cansancio me gano por perdida, y se fugo en la magia de aquel encuentro inexplicable donde los sueños intercambian sabiduría y esperanza. La mujer del pelo cano Artemisa gemela de Apolo la cazadora, la otra de la cabellera de pitonisa, sedienta de lunas y caricia y yo la Niebla eterna. Éramos una extraña mezcla del desierto, del universo y brea, la brea ardiente de la Autopista de los Huesos. Las Hijas de Ícaro. Rasgando el sonido de la siesta. Prestas a volar por el cielo cerca del sol por nuestro padre. Esta vez no empapamos de cera nuestras plumas. Sino atrevimos a danzar a viento pleno.
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